Otras maneras de escuchar

En 1990 se publicó el libro de Michel Chion La Audiovisión (L ‘audio-vision, 1990, Éditions Nathan, París) en el cual detalla distintos acercamientos para la apreciación del sonido en el Cine que son también aplicables para la escucha diaria. Específicamente, nombró tres «modos de escucha», tres maneras diferentes en las que podemos apreciar el sonido: la escucha causal (el tipo de escucha más común en el cual escuchamos un sonido para informarnos sobre su causa o fuente emisora), la escucha semántica (donde interpretamos el mensaje del sonido, sean palabras habladas o sonidos del mundo material o natural) y la escucha reducida. Es en ésta última en la que quiero enfocarme por las posibilidades que ofrece y por el reto que constituye el llevarla a cabo y los resultados tan estimulantes que se pueden obtener de ella.

La escucha reducida se enfoca en el sonido mismo, ignorando su causa y su significado. En otras palabras, reduce al sonido mismo a lo que es: una señal sonora, sin prestar atención a qué pudo provocarlo o para qué lo provocó. Por ejemplo, si escucho un solo de guitarra eléctrica en una canción inmediatamente reconozco el tipo de instrumento que es y si soy muy clavado en el tema incluso podría adivinar el modelo de la guitarra y su amplificador. También puedo interpretar su significado dentro de la canción: ¿es un solo violento, sensual, melancólico? ¿Busca hacerme sentir energético, excitado, triste? Si aplico la escucha reducida, toda esta información que normalmente intentaría buscar en mi cabeza y en mis emociones es ignorada: no me importa qué modelo de guitarra es, ni siquiera me importa que sea una guitarra eléctrica, mucho menos su intención emocional; lo único que me importa es el sonido en sí, su textura, el lugar al que puede llevar a mi mente si no me detengo a pensar en todo lo anterior y las imágenes mentales que pueden salir de esta experiencia.

Cuando explico esto en una clase pongo el ejemplo del viaje en el tiempo: si yo viajara en el tiempo con una bocina y un reproductor de música a visitar a unos Homo neanderthalensis apenas dando los primeros pasos de la evolución que llevarían al ser humano como lo conocemos hoy en día y les reprodujera un solo de Prince… ¿cuál sería su reacción? ¿qué sentirían? No tendrían manera de asociarlo a nada de lo que existe en su mundo, una guitarra eléctrica emite un sonido que no podrían siquiera haber imaginado aún. Tampoco tendrían referencias visuales de lo que es un músico o un rockstar como Prince ni una concepción de la música como la tenemos hoy tras tantos años de música escrita y grabada. Creo que además de la sorpresa y el miedo que podría provocarles en un inicio les provocaría fascinación. Imaginar de dónde viene ese sonido y qué demonios pudo haberlo emitido podría haber creado religiones enteras en su momento. Nuevos miedos, nuevos sueños, nuevos mundos imaginarios. Intentemos entonces ser ese neandertal por un momento. Cerremos los ojos y hagamos lo posible por liberarnos de las asociaciones inmediatas que hace nuestra mente con la música y sus instrumentos y aquellos que los ejecutan; probemos si es posible escuchar un sonido, sea musical o no, y apreciarlo por sus cualidades sonoras y no su causa o significado, volverlo un objeto: cosificarlo. Es difícil, muchos dirían que imposible. En clase he puesto este ejercicio y ha resultado en gente soñando o gente con migraña tras un sobreesfuerzo. Pero el simple hecho de intentarlo, de darnos cuenta que hay otras maneras de escuchar más allá de las que ya conocemos y aplicamos a diario de manera inconsciente y consciente simultáneamente, ya vale la pena. Otra manera de probarlo es repetir una palabra tantas veces como se pueda en voz alta. Cuando era chico lo hice simplemente porque la madre de una amiga me preguntó si tenía sed. «Sed»… qué palabra tan extraña. Las letras, su pronunciación… sed, sed, sed. Mientras más la decía, más perdía su significado y se volvía un sonido casi completamente incoherente. S-E-D. SSSSEEEEDDDD. Pruébenlo a ver a dónde les lleva.


Chion escribió: «La escucha reducida es una iniciativa novedosa, fructífera y antinatural. Rompe con los flojos hábitos de escucha establecidos e introduce a un mundo de preguntas inimaginables a aquellos que la aplican.» (1990)
Ese mundo de preguntas, de sueños e imágenes mentales, puede ser un gran estímulo para la creatividad. Es un mundo que ha sido explorado por artistas como David Lynch, Tim Hecker, William Basinski y Stars of the Lid. Me atrevo a señalar al sintetizador como el instrumento popular que sigue llevando la batuta en este campo al poder crear sonidos basados en señales eléctricas que no suenan como algo de este mundo y que a veces es difícil de saber si es un instrumento acústico, algún instrumento eléctrico o si se trata de un sonido grabado y resulta ser un sintetizador.

Hay algo muy interesante que sucede al escuchar sonidos cuya fuente no identificamos, como escuchar un idioma que no hablamos y para el cual no tenemos referentes culturales inmediatos. El porcentaje de gente que puede hablar y por lo tanto entender el islandés es muy pequeño, pero eso no detuvo a Sigur Ròs de volverse una de las bandas más populares de los 2010’s. Al contrario, creo que es algo que ayudó a su éxito mundial pues el desconocer activamente el contenido de la letra y al escuchar un idioma que nos es tan ajeno a quienes no lo hablamos ni hablamos ninguna otra lengua cercana, se vuelve una experiencia puramente sensorial cuyo significado depende enteramente del sonido. Además de cantar en islandés, tocan instrumentos de maneras inusuales e introducen sonidos fuera de lo común para la música popular por lo cual nos llevan a un mundo muy diferente del que estamos acostumbrados.

Estamos tan acostumbrados a escuchar que a menos que algo fuera de lo ordinario suceda no prestamos demasiada atención a nuestro entorno sonoro. Quienes vivimos en grandes ciudades o lugares muy habitados estamos constantemente bajo la violencia del bullicio sonoro que nos rodea hasta que llega la noche, llega la calma y algo de silencio. Subimos a un monte alejado de la sociedad y entonces reconocemos lo que es el verdadero paisaje sonoro natural: escuchamos a los árboles crujir y golpear sus ramas, el viento moviéndose entre éstas, sus habitantes haciendo sus llamados y sentimos la calma que nos ha arrebatado el ajetreo diario del mundo moderno. Un escape cuando estamos dentro de este mundo puede ser la escucha reducida: entrenar a nuestra mente y nuestros oídos a otra manera de escuchar y apreciar nuestro entorno.