En la música, en el cine, en cualquier interacción humana; el silencio es una herramienta lingüística con una eficacia inigualada. Debe utilizarse con mesura, con cuidado, como se usaría una palabra que se reserva para los seres más queridos: algo que solo se dice con cierta intimidad.
Sin el silencio, el ruido y los gritos serían menos. Si no hubiera silencio no podríamos hallar paz. Aún así, el silencio absoluto es inalcanzable: aún introduciéndonos en un ambiente creado para no permitir propagación alguna del sonido (como una cámara anecoica) podemos escuchar nuestra sangre pulsando dentro de nuestro cuerpo, nuestros órganos trabajando y, desde luego, nuestros pensamientos, los cuales nunca podemos silenciar.
Silencio puede significar paz pero también puede dar pie a la tristeza. Puede ser un «no» rotundo o una verdad difícil de aceptar.Tal vez es lo que nos espera cuando deja de funcionar nuestro sistema nervioso, cuando morimos. Algunas personas pensarán que quizá nos espera música celestial o la voz de algún ser querido fallecido. Tal vez sonidos nuevos, incomprensibles por no poder haberlos escuchado en vida. Pero hasta donde sabemos solo hay silencio, para quienes se van y sobre todo para quienes se quedan viviendo su ausencia. La mejor frase en el póster de una película en mi opinión es la de Alien (1979): En el espacio nadie te puede escuchar gritar. No es solamente cierto bajo las leyes de la Física sino que es aterrador. Un lugar en el cual nadie puede escucharte, en el cual no hay ni el más mínimo eco de lo que pueda emanar de tu boca.
Todo esto suena muy dramático y algo fatalista, pero es únicamente para pensar en la utilidad del silencio en nuestra vida diaria. El silencio digital o «dejar en visto» un mensaje es también una forma de responder. Nuestra necesidad de estar perpetuamente en línea nos ha desensibilizado a tal punto que ya somos más cercanos a la apatía que nunca antes. El silencio ha cobrado un nuevo significado en el lenguaje moderno, se ha vuelto más común, parte de nuestra comunicación diaria. Parece que mientras más aumenta el ruido de nuestro entorno, más espacio se necesita para el silencio. Quienes habitamos en ciudades masivas lo sabemos bien, mientras te alejas de ésta y vas a lugares alejados de su bullicio puedes encontrar un espacio sonoro muy diferente. Los sonidos de un bosque en la cima de un monte–los árboles, aves, el viento–son casi silencio comparados con el incesante ruido del tráfico automovilístico, las bocinas, la gente. Existe el mito de que las y los músicos suelen retirarse a espacios como estos tras una gira exhaustiva para «recuperar audición». Aunque es imposible recuperar la audición que se ha perdido, la mente sí que necesita una pausa después de tanto ajetreo y el aparato auditivo lo agradece también.
Ésta es una de las razones por las cuales huímos a las playas para encontrar paz: más que el paisaje infinito del mar o la sensación del agua salada es el constante ruido del mar el que nos relaja, nos ayuda a respirar con otro ritmo, nos aleja del ajetreo y la violencia sonora a la que nos exponemos día con día.
Eso también es el silencio: un espacio, una pausa, una fuente de tranquilidad con la cual podemos relajar el ritmo de nuestras vidas. Es la mejor forma de meditación, lo que precede al ruido, lo que le da mayor fuerza de impacto a la música, lo que puede comunicar ideas infinitas. «Más silencio y menos esperar nuestro turno de hablar»–me dijeron una vez. Porque estar en silencio también es escuchar. Son pocos quienes pueden guardar silencio, pocos quienes están dispuestos a escuchar.


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